EL VIADUCTO DE MOCA

el Jueves, 06 Septiembre de 2012. Publicado en Crónicas del Antaño

		EL VIADUCTO DE MOCA

 

Así por ejemplo algunas personas se preguntan. ¿Por qué la referencia a Moca como la “Villa del Viaducto”? sencillamente porque en Moca existe el único viaducto de pasajeros –hay viaducto en la caña- conocido en el país. Eso le valió el reconocido mote a la ciudad cibaeña, por asociación con aquella monumental estructura de acero y cemento, que aún perdura y viviendo la inclemencia de los tiempos.

            Se define como viaducto una “obra a manera de puente, para el paso de un camino sobre una hondonada”. (Del lat. Vía, camino, y ductus, conductos).

            Las bases del viaducto de Moca eran unas gruesas moles de concreto armado, profundamente sembradas en la tierra para sostener el peso del tren cuando cruzaba por sobre el amplio bajío de Juanlopito, en dirección a Santiago y viceversa. El pasaje del tren por la ciudad era un espectáculo que convocaba a todo el pueblo. Nadie se perdía la llegada de la larga y orgullosa serpiente de hierro. A su regreso, el pito de la locomotora sonaba estruendosamente desde la curva de Los Cáceres anunciando su llegada, rompiendo  con su agudo sonido la bucólica quietud de una población tranquila apacible, como diría su cantor Rafelito Martínez González.

            A esta hora temprana muchas gentes comenzaban a fluir sobre el viaducto, por donde pasaría el asmático potro de hierro con su larga cola de vagones traqueteantes, y lo hacían bajando por las tres empinadas cuestas que salían  del pueblo, obligando a los mocanos, como por una especie de fatalismo vial, a pasar humildes bajo los orgullos dinteles de aquella descomunal obra de ingeniería, quizás para que sintieran todos los pequeños y frágiles que era, ante la corpulencia inconmensurable de la estructura.

            A veces hemos comentado, en tertulias con amigos, la dispendiosa monumentalidad de las iglesias del mundo. Quién sabe si esa misma lógica sencilla, pero eficaz, de hacer sentir pequeño al ser humano sea la que se ha aplicado para que los templos obliguen a sus fieles a pasar por inmensos portones, flaqueados por torres gigantescas, hasta sentirse por bajo de bóvedas altísimas que les obligan a comprimir su ego hasta llevarlo al justo tamaño reducido de minúscula estatura.

            Pero volvamos al tren, a su estridente silbato, a su sofocante esfuerzo por remontar el elevado corto trecho que lo conducirá su descanso temporero. Chorros de vapor humeante brotaron de su costado izquierdo (como si de un cristo de acero se tratara), en ese último impulso por arribar a la seguridad del andén de La Estación, donde reinaba, como un soberano laborioso, serio y eficaz, un sempiterno Administrador que nunca fue sustituido por nadie, que se llamaba don Viterbo Deschamps, estampa venerada de otros tiempos.

            La carga que para el comercio traía el tren se convertía en animada tarea para los porteadores, que llevaba las mercancías a los almacenes y comercios al detalle de la ciudad y los campos mocanos. Se veía llegar también algunos de los escasos productos importados, vía Puerto Plata o Montecristi. Allí podía el pueblo oler quesos, vinos, aceites, jabones y jamones procedentes de los puertos europeos que las familias adineradas de Moca podían consumir privilegiadamente.

            El tren traía vida a Moca, era el medio de transporte más seguro de personas y mercancías, dejando obsoleta la antigua “recua”, además, por él se enviaban los productos agrícolas a los puertos de exportación donde los agricultores y productores mocanos tenían sus conexiones con el mercado exterior. Así el oloroso tabaco, apetecido por los consumidores de España y Francia, junto al sabroso cacao que hacia las delicias de toda Europa eran transportados por el tren para ser embarcados a los sitios de destino allende los mares.

            Esa estampa de un tren que traía vida a la comunidad y que empujaba el intercambio se quedó grabada en el alma de los mocanos y de los visitantes que no conocían algo comparable en otro pueblo del país. Moca tenía su viaducto y su tren que le daba vida. Era la ciudad del viaducto, y el viaducto era parte integral del Moca. Todos crecimos viendo y oyendo los estruendos del tren, mirando su marcha lenta y quejosa a su tránsito sobre el viaducto. Fuimos testigos cotidianos de ese afanoso trajinar de la máquina y de las personas. Cómo recordar, Joselín, esa grandiosa estampa pueblerina con agradables evocaciones y con renovadas pinceladas, para que no se olvide, ni se olvide el promotor de la obra el benemérito, Gregorio Riva. Ahora que parece volar desde Brasil la idea de un tren dominicano, tal vez resulte menos ociosa la evolución del artículo presente. Ni cabría descalificar de antemano el proyecto, sino al contrario. Aunque ahora no sea posible mover el tren con leña, como antaño, el elemento costo diferencial de combustible alterno resultaría dirimente. Enhorabuena si la factibilidad diese positivo, con o sin viaducto

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